Homenaje a Julián Núñez

Toda mi trayectoria profesional, y la no profesional, que fue la que me llevó a ella se puede resumir en una frase: AMOR POR EL CINE.

Es un sentimiento que me llegó sin querer, muy joven, gracias a aquellos tiempos en los que no había televisión y los cines se llenaban de espectadores. Tenías que hacer cola para comprar la entrada y si no espabilabas te quedabas sin película. Mis padres, afortunadamente, compraron un abono mensual de tres entradas y así no me faltó ni un fin de semana mi ración de cine. Proyectaban una combinación de cine patrio con películas americanas de grandes directores.

Allí, en el Cinema Astoria, empezó todo.

Esa semilla quedó ahí, y aunque empecé un par de carreras que nada tenían que ver con el
cine, paralelamente me enrole como crítico de cine en una cartelera: SIPE, que dependía de los que editaban cada año CINE PARA LEER, que era un resumen criticado de las películas estrenadas cada año. Además, en pleno apogeo de los Cine-Clubs, colaboré con algunos en Valencia y organicé algunos pases en Requena, programando, presentando y al acabar la película, moderando el coloquio sobre la misma. Coloquio que casi siempre era muy animado y daba mucho de si.

Pero hasta aquí nunca pensaba en el cine como una profesión. Así que decidí quitarme la mili de encima y me fui a Zaragoza. Urdimos un plan para intentar librarme dado que tenía (y tengo) una desviación de columna vertebral congénita. El plan funcionó y me libré. En mes y medio en casa. Para mí, el haber ganado un año y medio de mi vida fue como una señal. Una señal para decidir irme a hacer cine a Madrid.

Estábamos en el año 1976. En Madrid estaba Andrés Pérez, que se había ido el año anterior y que me reclamaba para enrolarme con él en la Facultad de Ciencias de la Información. Así que dejé Químicas en tercero; pasé el trago de decirlo en casa, que todo hay que decirlo, fue menos duro de lo esperado, y ¡A MADRID!

La Facultad de Imagen no me sirvió más que para hacer amigos y encontrar un puesto en la FILMOTECA vendiendo sus publicaciones y algunos libros sobre cine recomendados por la misma. Al trabajar allí, todos los días veía las 5 películas que proyectaban, con lo que mi cultura cinematográfica se amplió considerablemente y yo conocí cinematografías de las que no tenía ni la menor noción. Todas proyectadas en versión original con subtítulos. He de decir que haber adquirido esta cultura ha sido decisivo en mi desarrollo como cineasta.
En lo que respecta a mi carrera, he de reconocer que he tenido mucha suerte, porque he estado en el lugar adecuado en el momento justo. Así, pude hacer como mi tercera película como ayudante de dirección MUJERES AL BORDE DE UN ATAQUE DE NERVIOS, con Pedro Almodóvar. ¡La de puertas que se abrieron por haber hecho esta película!

Luego vinieron FERNANDO COLOMO, MANOLO IBORRA, EMILIO MARTÍNEZ LÁZARO… El premio a todo el esfuerzo y el amor que puse en esta profesión me vino el año 1998 con PARÍS-TOMBUCTÚ. El testamento de D. Luis García Berlanga.

BERLANGA, autor de un puñado de obras maestras del cine, pero sobre todo de una que debería estar entre las mejores películas de la historia del cine : EL VERDUGO. Trabajar con Berlanga ha sido lo más emocionante que me ha sucedido en toda mi vida.
Con esto me doy por pagado.

Pero sigo en la brecha. ¡Todavía me queda cuerda para rato!

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